¿Pero cómo explico la mortalidad de un beso o un abrazo?
¿Cómo encuentro la justa medida que me permita no incurrir en lo exagerado,
como el cielo
o el infierno?
Es, en efecto, una inexactitud del lenguaje, o de mi propia incapacidad para destrozar lo hecho
y lo sentido.
Ya no me arrastro entre las bambalinas de tu escena.
Quiero deshacer el brocal del beso, desatormentar la inclitud de aquel abrazo que dejó tanto aroma a perfume, extraído de un recuerdo cítrico y amarillo del Magreb. Era esencia de limón cuyo destino, en ocasiones fue tu cuello de nenúfar, siempre hundido en la oscuridad de un agua enaltecida.
Pero, a pesar de todo, he de suplicar la desaparición de tu ínfula, la implacable decisión de callar o simular tu silencio. Tu voz es un eco a través de una fibra colorida, siempre atenta a mi. Yo te hablo, y lo que digo no se me parece. Es como un sonido reflejado en el estanque del nenúfar,
tu cuello zambullido en el agua de los peces rojos, esos que agonizan, en el lago de algún parque
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