¿QUÉ perentorio amor
me sostuvo
ante la miseria
y la desgracia de perderte?
¿Quién osaría
ofrecer la mano el hombro que perdura
como un
fuste
que se
recorta e su éntasis contra la crisálida
del cielo?
Es bendito
el día
con sus gallos lejanos aunque la noche solo me traiga el cuerpo
de un pájaro
agonizante.
Soy seguramente afortunado a pesar de las múltiples mordeduras y cicatrices
que
rubrican mi retrato. NO, no dejo que la congoja
y sus recuerdos
nublen mi visión del horizonte.
Horacio creció
para empuñar su destino
teniendo la certeza de la
existencia
a Aquiles. Pero el valor suele poder más que el miedo
que es su aliado.
¡Oh estoicas
cariátides, definidos rostros que otean el océano
de cara a la locura!
Fue esa tarde cuando me despedí de la memoria
fue el punto que marcó
el lugar del no retorno.
Solo ahí y
entonces encontré el primer
espejo.
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